lunes, 23 de febrero de 2009

Aprendiendo a aprender


En los últimos días he estado de viaje en Bilbao y la ciudad me ha hecho pensar en todas esas cosas que no hago, en todas las que quiero hacer.
Por primera vez he echado de menos a mi abuela. Por primera vez me he dado cuenta que me molesta que me abracen aunque me encanta que lo hagan. Soy toda una contradicción. Me llaman inteligente, dicen que soy muy madura y yo me miro al espejo para encontrarme con alguien que no sabe nada. Me reconozco en la chica insconciente, me reconozco en la mirada dubitativa y en las manos sudadas.
Es una de las entradas que más me está costando escribir. Teclear y borrar, teclear y volver a recapacitar, medir cada palabra, esconder verdades con metáforas para volver al pixel de luz blanca.
Se busca profesor que me enseñe a aceptar, que me enseñe a querer. Tendrá que ser paciente y explicar las mismas cosas una y otra vez, tendrá que asumir que la alumna es una renegada que lleva muchos años pensando que la soledad y el paso del tiempo son las únicas constantes en la vida. La alumna, que dice querer aprender, se entrentedrá en cada lección dando argumentos en contra para poder autoconvencerse, se espera del profesor que no desespere, respuestas y sentido del humor. Se piden sonrisas porque la alumna dará todas las miradas de desconfianza e incredulidad posibles.
No es que no quiera, quiero aprender pero no sé cómo se aprende a querer.
Me leo y sueno tan cursi...Voy a por un café, a ver si así consigo encontrar mejores palabras.
[...]
La conclusión es que realmente necesito aprender a aprender, cambiar mi sistema contradictorio y mi frases ácidas por callar y escuchar, asumir y entender, ser receptiva. Y ese, el primer paso, va a ser el más complicado, abrirme a las otras posibilidades.
Siempre he visto a todas esas personas que besan y abrazan como personas que lo hacen por inercia, sin sentimiento. De alguna forma me he alzado con la bandera de la intensidad como, si por dar menos, los diera con más cariño. Para, finalmente, crear una barrera entre el resto de seres humanos y yo.
He podido comprobar en Bilbao que cualquiera es capaz de dar un beso sin sentirse cohibido ni dudar. Paciencia, la necesito, paciencia y calma. Para esto no hay libros, no hay textos ni artículos y los de autoayuda me suenan a los teletubbies rellenos de crac.
Tengo muchos defectos y, antes de volver al mundo real encontraré personajes en mi camino que me intentarán ayudar pero mientras, sigo siendo una chica perdida entre sombrereros y gatos. Ahora me hago pequeñita y me ahogo en lagrimones gigantes, mañana quizá consiga la galleta que me haga crecer.
Respiremos hondo.

1 comentario:

  1. Igual ya te lo he contado alguna vez... a veces me repito... aunque creo que no, creo que nunca te he contado esto. Dices "Se busca profesor que me enseñe a aceptar, que me enseñe a querer."... aquí va la historia de hoy:

    Cansados de una existencia mediocre e inútil, los pájaros parten en busca de su rey mítico, que se llama Simorgh. La mayoría de ellos abandonan a medio camino, fatigados, decepcionados o seducidos por las sorpresas del viaje y los ídolos que van encontrando. Un grupo de pájaros voluntariosos, guiados por la abubilla, atraviesan desiertos y valles entre horrores y maravillas. Finalmente, agotados y con las alas quemadas, llegan ante la presencia del pájaro rey. Se descorren cien cortinajes y brilla una intensa luz, pero no ven más que un espejo. Una voz les dice que ese espejo es la única verdad. El Simorgh al que buscaban son ellos mismos. No hay que esperar nada más. La voz añade una frase magnífica, cuyos ecos resonarán durante largo tiempo en la poesía persa: "Habéis hecho un largo viaje para llegar al viajero".

    A lo que Buda, que era quien contaba esta historia añadía "Nunca esperéis nada que no esté ya en vosotros mismos"....

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