domingo, 12 de abril de 2009

MUÑECOS DE ESCAPARATE


Qué vocación tan rara la del maniquí de Milano, de El Corte Inglés, incluso de Armani. ¡Qué instinto tan extraño el que conduce a algunos a instalarse en esa dimensión moral donde los individuos ni se despeinan ni llevan la corbata desajustada ni el botón de la chaqueta desabrochado! No hay nada más siniestro- ni más atractivo por tanto- que el escaparate de una tienda donde un grupo de maniquíes finge desarrollar una escena de la vida real. Cuando son niños, aparecen con la mochila a la espalda, al lado de su madre; cuando mujeres, en actitudes casuales; cuando hombres, con carpetas en las manos, en pose ejecutiva. A veces, el escaparatista los coloca de tal modo que transmiten la idea de conversar. En cualquier caso, no pueden dejar de mirarlos, por si cobraran vida durante unos instantes. Pero ellos siguen idénticos a sí mismos, por incómoda que sea su postura, como un fotograma congelado.


Cuando tropiezas con uno de esos muñecos dentro de la tienda, musitas un perdón, por si pudieran escucharte. Y es que los maniquíes auténticos, los de plástico o cartón piedra, darían la vida que no tienen por sudar un poco, por despeinarse, incluso por padecer ardor de estómago. Cualquier cosa menos esa inmovilidad terrible que se aprecia en los sujetos de la fotografía. Si pudieran hablar, los muñecos de escaparate nos pedirían que los despeináramos, por Dios, que les aflojáramos el nudo de la corbata, que les descolocáramos la chaqueta. Lo normal (en literatura al menos) es que los seres inanimados tengan envidia de los animados, no al revés.


Juan José Millás. EL PAÍS SEMANAL. 12 abril 2009
Porque sin él, sin sus artículos, las mañanas de domingo no tendrían tan buen sabor.




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