jueves, 25 de junio de 2009



El teatro real. Se alza ante mí majestuoso e interesante. Arquitectura hecha vida. Sus palomas parecen estatuas clavadas en las cornisas, la luz no le llega en este día caluroso y en la puerta un joven te espera.
Los pasillos y recovecos se llenan de vida durante unos instantes y entonces todos desaparecen tras las puertas negras. Dentro, un enorme escenario lleno de oscuridad y las voces inquietas de cientos de personas. La lámpara, grande y compleja, cuelga del techo como si apenas pesara, está hecha de cientos de cristales y unas bolas que son como enormes perlas suspendidas.
Abajo la orquesta afina los instrumentos o simplemente los toquetea. Me encanta el que toca la tuba que mira en su interior buscando vete tú a saber qué, lo gira y lo vuelve a girar, retuerce el instrumento y casi da al de al lado. Ellos charlan como si nada, miran de un lado a otro y se ríen. Cuando las luces bajan, el director de orquesta se presenta y el resto de los músicos con cara de aburrimiento se ponen en pie. Para ellos todo esto es puro trámite.
La ópera empieza y es sorprendente el impacto que cada uno de los movimientos tiene en mí. Solo giran la cara y es más que suficiente. Su voz, la escenografía, los colores y la luz, el suelo gira y se levanta, se inclina en todas direcciones y, sobre él, Rigoletto vive su propia tragedia. Me fascinan los trajes, lo bien que aprecio sus texturas, cómo se difuminan las expresiones y luego se vuelven a remarcar. Sus voces imposibles y el texto en una moderna pantalla que contrasta en ese lugar sacado de otro siglo.
En el intermedio escudriño los rincones y furtivamente me cuelo en los palcos, veo el mismo escenario una y otra vez desde treinta perspectivas distintas y me fijo en las alfombras, los techos y los cuadros. Me acerco a la terraza donde todos beben champagne con tacones y corbatas. Creo que se confunden, la ópera debería ser para todos, para disfrutarla y sentirla cómodamente, no para ir encorsetado.
Los ribetes, las falsas columnas, los dorados y la ropa de la gente. La obra vuelve a empezar y el silencio se crea. Comienza ‘La Donna e mobile’ y no tengo otra más que enfadarme, toda la vida cantando una canción con una de las letras más machistas y absurdas que podían haber inventado. Me siento decepcionada con la historia y la sociedad que ha continuado pertrechando algo así. Igualmente, la función sigue y las emociones se agolpan, los cantantes parecen estar al borde del dolor real y eso llega.
Sin darme cuenta todo el mundo aplaude, parece que ha terminado y la gran tragedia ha tocado a su fin, sigo encandilada con los trajes y las luces y les aplaudo aún desconcertada. Veo como llenan sus egos con mis palmas y pienso que esta noche se lo merecen. Aunque todos aplaudieron mucho más a Gilda, me conmovió Rigoleto, me gustó cómo lo hizo, me tocó una fibra sensible.
A la salida bajo por las escaleras para paladear un poco más de esos pasillos. Parecen dos pulmones que se llenan y vacían de aire, por un lado, los asientos y el escenario, por otro, todo lo demás. Discretamente los acomodadores se colocan y dispersan, la gente sale y yo miro aún confusa el palacio real iluminado. Es una noche de verano y todo ha terminado.

3 comentarios:

  1. Preciosa descripción, me habría gustado estar ahí. Aunque he de decir que dudo que los músicos se aburran: ciertamente, para un músico salir a trabajar es casi como salir a torear. No se juegan la vida, pero sí el alma.

    Aunque comparto tu admiración por los tubas, siempre buscando y removiendo...

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  2. ¡impresionante tu blog!

    "toda la vida cantando una canción con una de las letras más machistas y absurdas que podían haber inventado."

    el mundo en sí es muy absurdo y no sé dónde se llegará con tal absurdismo.....

    salut!

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