martes, 21 de julio de 2009


Desde muy pequeña una de mis pasiones 'julianas' (veáse toda pasión que SOLO se realiza en julio) ha sido seguir el tour de Francia. Soy la única niña que conozco que forró su cuarto con fotos de Miguel Indurain, incluso tenía un cajón con su ficha de fondo. También me apasionaban los coches, el París-Dakar, las carreras de motos y la fórmula uno. Pero el Tour tiene algo especial, terminaba de comer y les miraba como iban de un lado a otro, las motos, los cámaras, la gente viéndoles en la calle. Yo pensaba que esas cosas no eran igual todos los años, pensaba que lo mismo un día pasaban por mi calle, o por la de al lado. También creía que Indurain llevaba camiseta amarilla porque es uno de los colores de nuestra bandera y vivía convencida de que entre él y yo había un par de secretos que nadie sabía. Esto, que suena a cuento de hadas, era cierto. Estaba convencida de que era así, que me encontraría con Indurain cuando tuviera 30 años y le diría algo como: - Te seguí durante años- y él contestaría:- Me alegra conocerte- Luego, un poco más mayor, vi E.T. Entonces lo entendí todo, porque ese es el documento que demuestra que las bicicletas pueden llegar a la luna. Yo sabía que lo de E.T era mentira, todo ficción y cartón piedra, pero lo de Indurain no. Él solo necesitaba un par de buenos peladeos para levantarse del suelo, fingía ser un hombre normal con una máquina sencilla entre sus piernas. Pero yo sabía la verdad, e Indurain también.

1 comentario:

  1. Pues sí, aunque yo me quedo más bien con E.T., aunque lo suyo no sea de verdad. Ese bicho era mono.

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